Un lugar de embrujo.

Cuando te embarcas en un catamarán por la primera vez en Mahón, porque el clima es agradable y tienes una hora para matar, no esperas realmente ser atrapado por nada. Es una brillante tarde de mayo, el puerto parece un poema que despliega sus imágenes a los ojos del incrédulo y encantado visitante. Y en el camino de vuelta, cuando el barco roza la orilla de una pequeña joya que parece puesta en el espejo del mar – una pequeña isla envuelta en una especie de halo dorado y respirando tranquilamente a la luz de una tarde -, sí, secretamente juras que volverás y le pondrás el pie encima, suavemente, sin molestarle. Una isla dentro de una isla, como una planta acuática enraizada aquí por la casualidad de las corrientes marinas, llamada la Isla del Rey, en homenaje a un rey casi legendario de la lejana época medieval.

Hasta este paseo, no sabía de la existencia misma de la Isla del Rey. El viaje tiene al menos el mérito de dar vida, a los ojos del viajero, a lugares, personas, climas, naturaleza, formas de vivir y hablar, … que de otra manera permanecerían totalmente desconocidas, un poco como una semilla escondida en la tierra que sólo parece existir cuando empieza a germinar y extender sus hojas porque la estación lo ordena. La isla era esa semilla invisible que, al aparecerme, había empezado a revelar su existencia ante mí, hermosa, colorida, palpitante con su adorno vegetal, pero apretada en torno a los misterios de un corazon aún inaccesible.

Y luego, unos meses más tarde, cuando subí por el hermoso callejón de piedra pulida, que se asemeja a un antiguo vestíbulo, surgio finalmente el majestuoso edificio porticado, dándole a la isla algo de su razón de ser: venerables muros marcados por las cicatrices de su historia, un jardín que, según me han dicho, reproduce el cultivo de plantas necesarias para hacer remedios olvidados, dos capillas que han sobrevivido a un abandono aparentemente irrecuperable, hermosas habitaciones abovedadas dedicadas a la función principal del hospital-farmacia, salas de tratamiento, herboristería, biblioteca -, una elegante torre de vigilancia como una fantasía ligeramente barroca, y la acogedora «Casa del Director» que, al final de la mañana, se llenará del brouhaha de las mil conversaciones de los visitantes y voluntarios reunidos en torno a un desayuno. Y este microcosmos impone inevitablemente la imagen de una colmena en la que todos los trabajadores parecen estar en sus puestos y saben lo que hacen tan bien.

Más tarde, con mi preciosa tarjeta de voluntario en el bolsillo, estoy conociendo mejor los lugares y a los que trabajan allí todos los domingos, para tratar de añadir mi pequeña piedra al edificio.

Primera sorpresa: la Isla es de hecho una especie de milhojas histórico, mucho más complejo de lo que parece a primera vista. Por supuesto, este monumental hospital naval inglés del siglo XVIII, con sus jardines y dependencias, ocupa la mayor parte del espacio disponible. Pero en la punta de la isla se encuentran los restos mucho más discretos de una antigua basílica, de la que queda poco más que un incierto plano dibujado por los restos de sus cimientos. Los mosaicos que decoraban el suelo y que llevaron al descubrimiento de esta basílica paleocristiana han sido colocados en un lugar seguro, en el Museo de Menorca, y el resto, cuidadosamente delimitado por una valla que defiende el acceso, está ahora confiado al cuidado de los arqueólogos de los Monumentos Históricos. Desnuda y solitaria, en la parte redondeada de la isla que da al mar abierto, esta basilica parece guardar el secreto de un pasado borrado por los siglos, del que casi nada se sabe. Pero un apasionado modelista con un afilada destreza, Toni Bagur, le ha devuelto sus formas y volúmenes en una sorprendente reconstrucción en miniatura, gracias a los consejos de los especialistas; este modelo extrano se expone, junto con muchos otros del mismo autor, en una de las salas de la planta baja. Por último, la isla también alberga un curioso edificio de 1784, construido por un almirante español llamado Langara, que quería alojar a la tripulación y los oficiales de su escuadrón. Este largo edificio de una planta, cuyo aspecto rectilíneo recuerda -de manera más modesta- a la Corderie Royale de l’arsenal de Rochefort, atraviesa la isla de un lado a otro en dirección sur-norte, separando así el hospital de la basílica. Abandonado hace tiempo, este largo buque de marés experimenta ahora un destino prodigioso al transformarse ante nuestros ojos en una galería de arte contemporáneo, por iniciativa de los galeristas suizos Iwan Hauser y Manuela Wirth. Una crisálida que aún hoy esconde bien su juego …

Segunda sorpresa: ¿por qué todo el mundo aquí – o casi todo – se llama «José» o «Toni»? Suena como una broma, se siente como un ligero vértigo … (gracias a ti, Beverley, que me ayudaste al principio, dandome las llaves para vincular el nombre correcto con la cara adecuada!). Estos nombres de santos, tan populares en este rincón del Mediterráneo -San José, claro, pero sobre todo Toni, Sant Antoni, el patrón de la isla cuya fiesta cae en el día en que el rey Alfonso III desembarcó en Menorca en su guerra de conquista contra los musulmanes que la ocupaban-, todos estos Toni y José, tan extendidos entre los Antiguos de la Isla del Rey, los nombraré primero, en mi corazón, los «Padres Fundadores», será más comodo … Sin olvidar a Luis, por supuesto, una especie de rey sin corona pero con una personalidad tan radiante, y Sema, Jaume, Mario, Miguel, Carlos, Juan, Paco, José-María, Oscar, … todos los pioneros que limpiaron, despejaron, reconstruyeron, consolidaron, replantaron y devolvieron a la isla la cara sonriente que tiene hoy.

Tercera sorpresa: La Isla del Rey, o la práctica del donativo desinteresado. Si el antiguo Hospital va camino de convertirse en uno de los primeros museos de la farmacia y la medicina de España, es gracias a la riqueza que ha acumulado desde el inicio de su restauración, que tardaría meses en inventariarse; todo lo que entra aquí procede de donaciones hechas por las familias de Menorca, por las esposas o hijos de los médicos y personal que trabajaron en la isla hasta el cierre del Hospital Militar en 1964. Cada objeto, cada mueble o utensilio encuentra su lugar en algún sitio, en una vitrina, en un estante, colgado en una pared. Una colección que se refiere a todas las épocas, compuesta enteramente por donaciones, es una de las originalidades de este museo como ningun otro, un tesoro humano también. A veces se trata de la generosidad la más increible; por ejemplo, el escultor Leonardo Lucarini acaba de hacer un legado suntuoso a la Isla: simplemente, la obra de toda una vida. Sus magníficas esculturas han sido instaladas en los jardines y ocupan una hermosa sala abovedada. Y finalmente, mientras que el patrocinio privado cubre parte de las necesidades, a veces ocurre un milagro cuando los fondos se agotan…

Pero otra forma de regalo también está inscrita en la piedra de la Isla del Rey: el regalo del tiempo. Desde 2005, todos los domingos durante los últimos 15 años, en todos los climas (sólo la epidemia de coronavirus ha suspendido este impulso), el equipo cosmopolita de voluntarios dedica sus mañanas a pintar las persianas, a desherbar los caminos, instalar iluminación en un cuarto oscuro, reemplazar los azulejos, a clasificar, registrar, archivar, hacer un inventario de libros o bisturís, reconstruir la casa de las monjas, acarrear bloques de piedra, tablas y escombros, mover muebles, diseñar paneles de exposición, acoger y guiar a los visitantes en tres idiomas, pulir la carpintería, cortar y plantar, desempolvar salas, reparar sillones o chucherías, colgar cuadros o cortinas, escribir el informe del 736º domingo, parlamentar con las autoridades, pilotar una zodiac o una máquina de construcción, e imaginar, crear, avanzar, embellecer… ¡Eso también te da vértigo! Por no hablar de los héroes que no se conocen: Mario, por ejemplo, que dedicó cuatro años de su vida a la construcción de la maqueta gigante del acorazado italiano, el Roma, que fue hundido por la fuerza aérea alemana en 1943 frente a las costas de Cerdeña y cuyos supervivientes fueron atendidos en el Hospital Militar de la Isla del Rey, – una auténtica obra benedictina digna del diseño de Mario, él, el italiano, sin duda impulsado por el sentido del deber que era el único que podía cumplir: para asegurarse de que nadie olvidara a las víctimas de este terrible acontecimiento. Y hay tantos otros que todavía no sé, pero que dejaron la brillante firma de su talento: ¿quién hizo los vitrales de la capilla católica? ¿Cuales manos anónimas reprodujeron los grandes mosaicos de la antigua basílica? ¿Quién restauró la elegante torre de vigilancia? ¿De qué taller salen los bustos de bronce de las figuras que han marcado la historia de Menorca? (y «una larga línea de etcétera«, como diría nuestro Presidente-General).

Esta es la isla que sigo descubriendo: algo que ha existido durante tantos siglos y que, después de un largo abandono, está experimentando ahora un espléndido renacimiento gracias al coraje, la tenacidad, la fe, la inteligencia y la imaginación de un grupo de personas por las que siento la mayor admiración. Sin olvidar el papel del talentoso director de orquesta que da el tono a esta gran opéra. Disfruto trabajando con estos infatigables constructores que ahora son amigos; ellos dan sentido a sus vidas y a la mía, lo cual es un verdadero privilegio. Al unirme a su proyecto, estoy ocupando mi tiempo con algo que realmente vale la pena, algo que trae felicidad y una forma de plenitud, algo que probablemente me atrajo en mi primer paseo en catamarán. Gracias, mis queridos amigos.

Viviane PERRIER

voluntaria a la Isla del Rey.

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