“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…”

Y no todas son malas como las de la canción de Pedro Navaja; algunas son buenas, incluso muy buenas, como las percibidas en mi “acercamiento” (ya sé que esta expresión no es correcta, pero…) a la Isla del Rey.

La mañana del domingo en que escribo estas líneas me ha hecho retroceder en el tiempo. Y he retrocedido hasta una mañana de otro domingo de otoño del año 2004. Aquella remota, en el tiempo, mañana otoñal se dio una casualidad ciertamente improbable: en uno de mis viajes a Menorca por motivos estrictamente familiares, paré en la gasolinera de Roselló a cargar gasolina para ir a no se sabe qué lugar. A cualquier lugar sin preferencia alguna, Una mañana de domingo sin detalles especiales a destacar, topé con Luís y me preguntó si tenía algún plan especial aquella mañana, invitándome a acompañarle a la Illa del Rey. Una propuesta interesante para quien no sabía dónde ir.  Y ahí me tienes, con mi mujer diciendo con la mirada algo así como “otra extravagancia del colega”, pero compartió con Luís y un grupo de personas de diferente pelaje y condición un inesperado viaje de Cales Fonts hasta la Isla del Hospital Militar abandonado desde 1964. La “nave expedicionaria” el “Picua” si no recuerdo mal, surcó las tranquilas aguas del puerto y nos transportó a un islote absolutamente dejado de la mano de Dios, en el que la vegetación asilvestrada impedía ver nada. Un bosque de arbustos que alguien me dijo eran “Aloe Vera” muy de moda por aquellas calendas en usos medicinales alternativos; creo que, excepto para curar los pies planos, era de gran utilidad.

Al parecer, se había organizado un grupo de voluntarios con el objetivo fundamental: adecentar el islote para retroceder 40 años y restaurar en la medida de lo posible su aspecto y estado original.

Y el grupo heterogéneo de voluntarios se puso en marcha, pertrechados con hachas, hachuelas, sierras, azadas y azadones (me está saliendo aquello de las cuentes del Gran Capitán, ruego me disculpe el lector de esta carta) y todo tipo de herramientas adecuadas para desbrozar caminos, parterres y cuestas y empezar a “deconstruir” los entuertos realizados por la naturaleza y, sobre todo, la intervención del animal más animal de la creación.

¡Tiene bemoles encontrar una bicicleta oxidada en un islote salvaje sin caminos ni carreteras!

Y las fuerzas expedicionarias (no parecía el ejército de Pancho Vila, pero por poco, especialmente en lo que se refiere a los uniformes laborales), cada cual a su manera, empezaron a trabajar. Dada mi condición de recién llegado sin experiencia en este tipo de trabajos, no se me ocurrió otra cosa que tomar fotos de lo que estaba acaeciendo aquella mañana. El personal formado por desde un farmacéutico jubilado hasta un carpintero-armador pasando por gente del campo o algún otro médico, además de “mestres de cases” y, como ya he dicho, hombres y mujeres de un amplio espectro de edades, oficios o dedicaciones profesionales variopintas, como se decía en tiempos, trabajando con una rarísima descoordinación organizada. Creo que el abundante y variado desayuno con que se cerraba la sesión laboral tenía algo que ver en el asunto.

Y le cogí el gustillo a esta extraña y heterodoxa reunión dominical e hice lo que buenamente podía: recoger en imágenes  el estado del islote y los trabajos de los voluntarios.

Y así nació una colección de imágenes que 14 años después me han permitido ver el enorme trabajo realizado. Claro está que no debería hablar de esta mi especial habilidad en escurrir el bulto, no dando palo al agua como los demás; es proverbial mi capacidad de escaqueo, pero entiendo que ahora los que dieron y dan el callo me disculparán. A veces es muy conveniente que alguien se tome en serio hacer de notario de la triste realidad, permitiendo establecer comparaciones “antes/después” demostrando la enorme tarea que se está llevando a cabo.

Como se dice hoy en día, “ALUCINANTE colega”, o “flipo por un tubo”.

Es absolutamente necesario que se difunda “urbi et orbe” que los milagros existen, hasta para los no creyentes.

Enhorabuena a los que siguen creyendo en los milagros, eso sí: trabajando, y un recuerdo para los que han dejado la condición de voluntario por baja laboral definitiva involuntaria.

¡Adelante y que no decaiga!.

Antoni Tudurí Miquel.

Ex voluntario fotógrafo de l’Ills del Rei. (2004)

 

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